Corría el año 2005. Tres de mis mejores amigos y yo escribíamos nuestra primera aventura europea. Conocimos a Viviane, la hermana de Solène, en Madrid. Viviane, haciendo gala de la imbatible y eterna hospitalidad de la familia Lorcery Morin, nos invitó a sus nuevos amigos a casa cuando sea que fuera el turno de visitar París. Unas semanas más tarde llegamos entonces a la casa de los papás de Viviane en Le Chesnay, y fue ahí donde conocí a Solène el 27 de junio de 2005. Su belleza, cabe decir, nunca pasó desapercibida para mí, pero en aquel entonces pensar en algo juntos estaba más allá de cualquier clase de utopía.